La tragedia noruega y la necesidad de los corresponsales en el extranjero

Una de las noticias de este año será, sin duda, la matanza de casi 80 personas en Noruega el pasado viernes. Sin embargo, a los medios españoles les cogió con el pié cambiado, sin posibilidad de reaccionar rápidamente ni un conocimiento preciso de la realidad del país. Por si fuera poco, la confusión reinante no les ayudó, sino todo lo contrario. Por no hablar del morbo del que hicieron gala casi todos los digitales. Para mi, la razón principal de todo esto es sólo una: la falta de corresponsales allí.

En esta época de recortes generalizados, se hace más evidente que nunca el valor añadido que pueden aportar unos profesionales experimentados y con múltiples resortes a la hora de informar sobre un suceso inesperado como éste. Fue una lástima seguir las coberturas iniciales de los medios españoles por incompletas, desordenadas y alejadas del terreno. Y es que ninguno de los grandes periódicos tenía periodistas desplazados allí (El País cubrió la información desde Berlín, ABC desde Bruselas, La Vanguardia desde Copenhague, El Mundo compró los textos del diario local VG, mientras que La Razón, Público y El Periódico cubrieron la noticia con información de agencias), como tampoco las grandes televisiones y casi ninguna de las cadenas de radio. Con el paso de las días y conforme la matanza ha ido cobrando dimensión, la situación se ha solventado enviando allí una flotilla de enviados especiales desde otros rincones de Europa. Ahora, claramente, la información ha ganado en calidad e interés.

No es la primera vez que sucede (no hay más que recordar las coberturas de las revueltas en los países árabes que fueron superadas de forma clara por el material informativo que enviaban por Internet los propios protagonistas, con excepciones como Al Jazeera). La pregunta es si a los medios les compensa el elevado coste de tener que desplazar precipitadamente a sus periodistas allí donde se producen sucesos de esta naturaleza o es mejor contar con una tupida red de corresponsales/colaboradores capaces de reaccionar con rapidez y garantizar unos resultados de calidad. El buen periodismo cuesta caro. De nuevo, dinero y calidad en la balanza. Difícil dilema.

La financiación de RTVE sigue en el aire

¿Quién va a pagar el pato del fin de la publicidad en TVE? A pesar de que la Comisión Europea ha dado por bueno el esquema diseñado por el Gobierno para que la radiotelevisión pública se financie con impuestos, la misma Comisión Europea podría prohibir en unos días que sean las teles privadas y las empresas de telefonía e Internet las que paguen esas tasas.

En el mejor de los casos, RTVE podría tener un agujero financiero de 340 millones de euros este año (lo que iban a pagar las ‘telecos’) y en el peor, si las cadenas privadas consiguen no tener que financiar tampoco ellas a la televisión pública, de unos 500 millones. Si el Gobierno no consigue que sean las empresas privadas quienes aporten ese dinero (porque la Unión Europea se lo impide) todo apunta a que acabaremos siendo los ciudadanos quienes volvamos a pagar (ya hubo que asumir entre todos una deuda de 7.560 millones de euros hace menos de cinco años y el coste de un ERE con generosas condiciones para los trabajadores) el superlujo que supone una televisión pública carísima y con escasos criterios de servicio público. Hoy mismo, la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones ha propuesto que se pague un canon por cada hogar, como sucede en Reino Unido. Sólo faltaba.

La televisión pública lleva años agonizando y, entre todos, la van a terminar matando. La apuesta por los informativos y las nuevas tecnologías por parte de RTVE eran su pretendida tabla de salvación, pero la ausencia de dinero puede dar al traste con estos planes. Quizás sea el momento de plantearse (sin esperar a lo que diga la UE) si ha llegado el momento de cerrarla o venderla al mejor postor.